http://prezi.com/qt4tla6lzxru/edit/?auth_key=fxuncpr&follow=xfc6mbg1j9hb
El paradigma de la modernización ha sido sustentado por fundamentos
teóricos que lo conciben como una transformación lineal ascendente que manifiesta el progreso alcanzado por las
naciones, una vez que transitan hacia el sistema capitalista. Por un lado,
muchos de los argumentos colocan a Occidente como prototipo y referente
universal de la modernización y, por el otro, proponen una relación histórica
conflictual entre lo tradicional y lo moderno. Este discurso, predominantemente
eurocentrista, estructuró y ha estructurado una forma específica de interpretar
los procesos desarrollistas. Así, se ha colocado la civilización occidental a
la vanguardia del resto de las sociedades que han tendido a ser observadas y a
observarse a sí mismas desde una posición de subordinación e inferioridad.
Esta visión ha impedido que muchos de los análisis sobre las diversas
experiencias modernizadoras no tengan en cuenta los fenómenos de intercambio y
entrelazamiento que pueden desprenderse de la relación entre las estructuras
tradicionales y las estructuras modernas. En esta misma dirección, se han
integrado conceptualmente modernización y occidentalización estableciendo una
asociación arbitraria de una y otra. Entendido así, la opción más viable es
asumir el patrón conductual desprendido del modelo histórico hegemónico que
tiende, en definitiva, a postular la homogeneización de las culturas bajo el
estandarte occidental como el único camino seguro al desarrollo.
En general, los modelos de modernización han enfatizado excesivamente la
relación tradición-modernidad estableciendo una distinción cronológica,
evolutiva y excluyente donde las sociedades modernas son concebidas como
espacios de continua modificación. La transformación constante induce la
reestructuración permanente de aquellos códigos que identifican colectividades
y realidades, siendo la tendencia dominante dentro de este esquema de vínculos.
De esta forma, se desconoce la capacidad de la tradición para reacomodarse a
las circunstancias y demandas del mundo contemporáneo y queda confinada a los límites impuestos por
la repetitividad, la pasividad, la resistencia al cambio y lo retrógrado.
El debate actual
en torno al enfoque de “múltiples modernidades” es relevante en éste sentido,
ya que ha puesto de manifiesto la variedad de trayectorias históricas hacia la
modernidad, contribuyendo al mismo tiempo a teorizar esta pluralidad de
experiencias democráticas recientes. El objetivo de éste simposio es entonces
doble: introducir y discutir los principios fundamentales del enfoque de múltiples
modernidades, y examinar en paralelo un conjunto de nuevas prácticas
democráticas que se vienen implementando en los países latinoamericanos.
En general, la
modernización dependió tanto de la mediación como de la resistencia que asumió
la tradición frente a las alternativas occidentales. No existió uniformidad en
las esferas de diálogo o de conflicto y mucho menos fue un proceso modelado
conscientemente, ya que las interacciones y consecuencias atravesaban los
niveles macro y micro de la sociedad. Tampoco puede comprenderse esta
experiencia fuera de la lógica espacio-temporal a la que pertenece y el proceso
no debe ser analizado como un combate a muerte donde se enfrentan lo antiguo y
lo nuevo, lo propio y lo ajeno, lo tradicional y lo occidental.
Basados en esquemas
de relación que proponen indistintamente el dominio de la tradición o la
occidentalización, es que puede contemplarse a Japón como un país de profundos
contrastes. No obstante, esta resulta una visión epidérmica que descuida el que
la modernización sea, más allá de las divergencias, el resultado de una
combinación particular que nos acerca a una relación de equilibrio entre ambos
agentes y nos aproxima a los diferentes niveles de participación que tienen una
y otra dentro de los distintos espacios económicos, políticos y sociales.
http://prezi.com/qt4tla6lzxru/edit/?auth_key=fxuncpr&follow=xfc6mbg1j9hb
El paradigma de la modernización ha sido sustentado por fundamentos
teóricos que lo conciben como una transformación lineal ascendente que manifiesta el progreso alcanzado por las
naciones, una vez que transitan hacia el sistema capitalista. Por un lado,
muchos de los argumentos colocan a Occidente como prototipo y referente
universal de la modernización y, por el otro, proponen una relación histórica
conflictual entre lo tradicional y lo moderno. Este discurso, predominantemente
eurocentrista, estructuró y ha estructurado una forma específica de interpretar
los procesos desarrollistas. Así, se ha colocado la civilización occidental a
la vanguardia del resto de las sociedades que han tendido a ser observadas y a
observarse a sí mismas desde una posición de subordinación e inferioridad.
Esta visión ha impedido que muchos de los análisis sobre las diversas
experiencias modernizadoras no tengan en cuenta los fenómenos de intercambio y
entrelazamiento que pueden desprenderse de la relación entre las estructuras
tradicionales y las estructuras modernas. En esta misma dirección, se han
integrado conceptualmente modernización y occidentalización estableciendo una
asociación arbitraria de una y otra. Entendido así, la opción más viable es
asumir el patrón conductual desprendido del modelo histórico hegemónico que
tiende, en definitiva, a postular la homogeneización de las culturas bajo el
estandarte occidental como el único camino seguro al desarrollo.
En general, los modelos de modernización han enfatizado excesivamente la
relación tradición-modernidad estableciendo una distinción cronológica,
evolutiva y excluyente donde las sociedades modernas son concebidas como
espacios de continua modificación. La transformación constante induce la
reestructuración permanente de aquellos códigos que identifican colectividades
y realidades, siendo la tendencia dominante dentro de este esquema de vínculos.
De esta forma, se desconoce la capacidad de la tradición para reacomodarse a
las circunstancias y demandas del mundo contemporáneo y queda confinada a los límites impuestos por
la repetitividad, la pasividad, la resistencia al cambio y lo retrógrado.
El debate actual
en torno al enfoque de “múltiples modernidades” es relevante en éste sentido,
ya que ha puesto de manifiesto la variedad de trayectorias históricas hacia la
modernidad, contribuyendo al mismo tiempo a teorizar esta pluralidad de
experiencias democráticas recientes. El objetivo de éste simposio es entonces
doble: introducir y discutir los principios fundamentales del enfoque de múltiples
modernidades, y examinar en paralelo un conjunto de nuevas prácticas
democráticas que se vienen implementando en los países latinoamericanos.
En general, la
modernización dependió tanto de la mediación como de la resistencia que asumió
la tradición frente a las alternativas occidentales. No existió uniformidad en
las esferas de diálogo o de conflicto y mucho menos fue un proceso modelado
conscientemente, ya que las interacciones y consecuencias atravesaban los
niveles macro y micro de la sociedad. Tampoco puede comprenderse esta
experiencia fuera de la lógica espacio-temporal a la que pertenece y el proceso
no debe ser analizado como un combate a muerte donde se enfrentan lo antiguo y
lo nuevo, lo propio y lo ajeno, lo tradicional y lo occidental.
Basados en esquemas
de relación que proponen indistintamente el dominio de la tradición o la
occidentalización, es que puede contemplarse a Japón como un país de profundos
contrastes. No obstante, esta resulta una visión epidérmica que descuida el que
la modernización sea, más allá de las divergencias, el resultado de una
combinación particular que nos acerca a una relación de equilibrio entre ambos
agentes y nos aproxima a los diferentes niveles de participación que tienen una
y otra dentro de los distintos espacios económicos, políticos y sociales.
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